viernes, 10 de mayo de 2019

Winturita, la última roca de la noche

"¿La felicidad es mental no? Winturita les vende felicidad a aquellos que no están seguros de su cuerpo y todo por 50 centavos".


Winturita, sentada en la Avenida 6 de Marzo- El Alto.

"Quya" Reyna Maribel Suñagua Copa
Estudiante de Comunicación Social- UMSA
Lunes, 27 de mayo de 2019

Es casi medianoche en El Alto. El minubús que recorrió toda la autopista se estaciona en la avenida 6 de Marzo, justo en el desvío hacia Río Seco: "¡servidos!”, dice el chofer. Bajamos todos y debo caminar un poco más por la avenida hasta llegar a la Calle 2 de la Ceja.

Ando a paso lento, ya estoy por llegar al segundo desvío, el que se dirige al aeropuerto y me paro, quiero pasar al frente. Hay un semáforo que no marca ni rojo, ni verde, sólo un intenso amarillo parpadeante. Volteo hacia atrás para observar si viene algún auto y en esa inmensa avenida me llama la atención una silueta que se reposa a un lado del paisaje, un cuerpo que no se detalla por la espesa neblina. Hay unas piedras a unos metros delante de ella, las que usan las comerciantes de ahí para hacer parar sus ch’iwiñas y como ellas, esa silueta se transforma en parte del paisaje nocturno de El Alto, como una piedra más, un poco más grande, quizá como una roca, que se sienta en el frío cemento, contemplando el cielo desde el piso y reposando debajo de una sombrilla formada por unas ramas de pino, ella es la última, la última roca de la noche llamada Winturita.

LAS 4 ROCAS NOCTURNAS Y WINTURITA

— ¿Siempre se queda hasta tarde?
—  A las 12: 30 de la noche a veces se va—  responde Adela, mi madre y “compañera de puesto” de Winturita, cuando le pregunto sobre ella.

Es otra jornada, son las 21:00 horas más o menos y me encuentro en el mismo lugar, pero ya no está solamente Winturita en ese espacio, ya que otras 4 mujeres están vendiendo y recogiendo su puesto: doña Flora, es la que empieza a recoger primero, porque tarda más de una hora en guardar en yutes las decenas de gorros y guantes que vende. Adela está sentada en un pedazo de cartón, esperando acabar los montones de palta, toronjas y postres tendidos en su nylon azul. Doña Zulma, que se estaciona 8 metros más adelante, alista su cochecito para llevar al depósito las coloridas camisas y blusas que comercializa durante el día. Más arriba se encuentra doña María, su esposo ha venido a ayudarle y entre ambos guardan las ropas y los huevos que venden por la tarde y, más cerquita de mi madre, a unos 4 metros, está Winturita, una mujer de aproximadamente 70 años; ella no se va hasta que se vayan todas.

Winturita  siempre está sentada encima de varios cartones y un cuero de oveja, cubiertos por un awayu. Usa una pollera que le llega hasta la mitad de la pantorrilla, tiene medias de lana siempre oscuras, son muchas chompas las que se pone, siempre está abrigada; un mandil gris le cubre ahora y encima una manta a cuadros. Se saca los zapatos siempre cuando se sienta, los deposita a un lado y ayudada por un palo envuelto en bolsa negra, ordena algunos de los productos que se han desordenado en su nylon y que ella no puede alcanzar con la mano. Sin embargo, lo más característico de ella es un gorrito de lana azul marino muy pequeño, tan pequeño que no le cubre los oídos, tan pequeño que le cubre muy poco la cabeza, tan pequeño que sólo se posa en su cabellera como un adorno. Sólo se lo quita cuando se peina.

Ella vende cremas de lechuga, Nivea, Mentisan, cortaúñas, navajas de afeitar, pilas, orquillas, gel, desodorantes, entre otros accesorios de limpieza y aseo. Todos esos objetos están tendidos de forma demasiado ordenada en un nylon de 1 metro por 1 metro y medio. Es el puesto más pequeño de todos, pero al lado de su nylon se encuentra el elemento que más ganancias le produce: una vieja báscula para medir el peso  y que cuesta 50 centavos su uso. La misma está rodeada de un nylon transparente, para que la gente no lo ensucie al pararse encima.

De los más de 40 comerciantes que venden en ese lugar, las últimas en irse generalmente son ellas. 

SIN LA DOÑA FLORA

Mientras doña Flora ya se va en el minibús de su esposo, quien le recoge todas las noches, Adela duerme una siesta envuelta en su manta café y yo me dirijo donde se encuentra Winturita, está a su lado doña María y un hombre frente a ambas. Me acerco a paso lento y el señor se para encima de la báscula. Winturita lee el resultado: “58 kilos”, le dice y con una sonrisa, sin decir nada, el señor se retira. “Buenas noches. Buenas noches, tía Winturita”, le digo. Doña María sonríe y Winturita responde un poco indiferente con un “Wenoches”; veo que no me reconoce.  Me paro encima de la báscula, doña María lee esta vez: “58 kilos”, doblo las rodillas un poco: “64 kilos”, me inclino nuevamente un poco más: “67 kilos”, me dice riendo doña María. Winturita se pone nerviosa.

Empiezo a reírme mientras le pago 50 centavos y ellas sólo me miran:

—  Yo ya sé que su balanza está mal, tía Winturita, pero no se asuste, soy su hija de doña Adela.

Ambas se calman. Winturita ya puede reconocerme, más de una vez he conversado con ella hace mucho. Y en efecto, la balanza de Winturita está mal, no lee el peso bien. En general el resultado sale 58 kilos, cuando te inclinas aumenta el peso. Hace 2 años yo lo verifiqué. Era bastante gorda y fui a pesarme un día, dónde más si no es donde la Winturita. Subo a la balanza y “58 kilos”, me dice. Me retiro y me voy feliz ¡había adelgazado! Pasaron dos semanas y fui nuevamente, seguía pesando 58 kilos. Justo después de mí, un señor se acercó, era más gordo y grande: “58 kilos”, le dijo Winturita. Él se extrañó un poco, pero se fue tranquilo, yo en cambio ya entendí: todos pesamos 58 kilos.

Desde ese día, cuando le ayudaba a Adela, veía a las personas sonrientes cuando se hacían pesar con Winturita, me hacían reír. Todas se iban felices, algunos extrañados y otros diciendo “no creo”. Pero era esa ilusión momentánea la que llamaba mi atención ¿la felicidad es mental no? Winturita les vende felicidad a aquellos que no están seguros de su cuerpo y todo por 50 centavos. Varios ya sabíamos de la báscula, incluso varias personas, sabiendo, igual se hacen pesar y pagan 50 centavos, pensando que con eso se solidarizan con la “pobre mujer”. Incluso Adela me cuenta que cuando se queda hasta tarde, a Winturita le regalan dinero los transeúntes: desde 1 peso, hasta 20.

Converso un poco con doña María. “¿Gotea la venta a esta hora no?”, le digo. Ella responde que se vende, pero poco: “antes se vendía más, pero este teleférico morado pues, nos perjudica. La gente ya no sube mucho por la autopista”. Llega un hombre:

— ¿A cuánto tu navaja?
—  A 3.50— responde Winturita
— Tan caro— se aleja
— ¡No es de lata pues! ¡Esos de 2.50 de lata son!­— grita sin esfuerzo.

Reímos…

SIN LA DOÑA MARÍA

Nuevamente estoy con Adela. Deben ser las once de la noche. Doña María se acerca a nosotras, después de haberse despedido de las demás. Le da un beso a Adela y le pide que se cuide. Ella en agradecimiento le regala unos 13 postres. Doña María agita su mano, me mira y se despide con un “chau, señorita”. Ya no hay casi nada de gente, y si hay, caminan tan presurosos que no notas su presencia. Winturita ya no tiene con quien conversar, así que sacude un poco su puesto con una bolsa de nylon, mientras yo me pongo a recordar la conversación que tuve con ella hace poco. No habla mucho castellano, así que doña María tradujo un poco su aymara, aunque yo le entendí a veces:

—  Y ese tu palo envuelto en nylon ¿para qué sirve?, tía.
—  Se defiende de los minibuseros que pasan por aquí y que se lo salpican su puesto con agua. Ella se lo golpea su minibús, a veces hasta piedra arroja—  me dice doña María, respondiendo por ella.

A escasos metros del puesto de Winturita, al frente, hay un hoyo profundo (una cámara de agua con la tapa rota a un costado) que siempre se llena de agua y rebalsa, parece un charco más, pero cuando lo pisas te entras ahi y ¡ay, tatito! Las veces que he pasado por ahí, he visto gente que ha metido toda una pierna a ese hoyo y resultado de ello es que algunas gotas salpican el puesto de Winturita. Si un minibús corre rápido y pasa encima del charco, también se lo salpica y peor.

Ignorada por la Alcaldía ante la petición de arreglar esa cámara, Winturita ha tomado medidas extremas: golpear a quien le salpique su puesto (menos a los peatones, pues sería el colmo que después de que se bañen la pierna con agua negra, una señora les esté golpeando con su palo “castigador”) o prevenir.

Un cono con franjas amarillas y negras se posa al frente del puesto de Winturita, para advertir del peligro de ese hoyo. El cono yo ya lo había visto, pero pensé que la Alcaldía lo había puesto, pero no, la Winturita se había comprado y cada día, como sus productos para comercializar, ese cono forma parte de su q’ipi.

El cono es el que salva a la gente y a ella del infortunio, por eso ella lo aprecia mucho. Un estudio muy minucioso realizado por mi mamá manifiesta que 8 personas por día (entre transeúntes o perros) eran los que sufrían las consecuencias de su distracción y “metían la pata” a ese hoyo. Con el cono de Winturita, la cifra ha reducido a 2 o 3 víctimas por día. Empero, aún hay minibuses que salpican su puesto, debido a esto, es que Winturita aún sigue conservando su palo castigador.

SIN LA DOÑA ZULMA, SIN LA ADELA

Son las 23:20. Adela ha ido a dejar sus cajas de paltas sobrantes al depósito cerca del edificio de Impuestos Nacionales, detrás del Campo Ferial. Yo me encuentro sentada en unas cajas de cartón y Winturita empieza a recoger su productos  muy, muy lentamente.

Doña Zulma ya dejó todo en el mismo depósito, carga su mochila y se despide de Winturita, de mí no, porque desde hace mucho no nos hemos llevado bien.

Un frasco de gel, dos manos y una servilleta. Winturita empieza a limpiar con su servilleta varias veces el frasco hasta que esté limpio, para depositarlo luego en una caja pequeña ordenadamente. Es bastante minuciosa, se la ve concentrada.

Ha pasado veinte minutos, Adela llega, guarda algunos postres en varias cajas, lo carga en su awayu, ordena más cajas de palta en su cochecito y se va nuevamente, es su segundo viaje hacia el depósito. Winturita ha terminado de limpiar los geles, las Niveas y las demás pomadas. Le falta todo lo demás.

Han pasado otros veinte minutos, Adela vuelve y se retira nuevamente, es su último viaje. Yo me sigo sentando en su puesto con algunos montones de palta, por si acaso alguien quiera llevar. Winturita, en cambio, ha recogido gran parte de su puesto, guarda en pequeñas cajas todos sus productos, los envuelve en bolsas negras y los junta en una servilleta, debajo de la misma está su awayu tendido. 

Se estaciona un taxi frente al puesto de Winturita. Sale un joven, es su hijo, se sienta a su lado, quiere ayudarle, ella no le deja, le mira con una cara de “vos no sabes”, Winturita continúa limpiando todo muy lentamente y su hijo se sienta a su lado con una gran paciencia— ¡Apúrate, mami!. Es de las pocas veces que él le viene a recoger.


SIN LA WINTURITA

Han pasado unos 15 minutos. Me acuerdo que Adela me dijo que recogiera el puesto en su ausencia, pero prefiero esperar a que llegue. Winturita se ha sacado el gorro, eso significa que ya terminó, se peinará y luego se irá. Toma su peine rojo, lo desliza sobre su larga cabellera canosa partida a la mitad, siempre la peina bien, porque sino las trenzas salen feas. Como cuando limpia sus productos y guarda los mismos minuciosamente, Winturita se concentra bastante para peinarse. Su pequeña mano acaricia, junto con el peine, su cabello canoso; es una danza intercalada entre ambas manos. Luego pasa a hacer las trenzas, lo hace de forma rápida, como si sus dedos fueran palillos de tejer; sus manos se mueven, por primera vez en la noche, de forma rápida, con un ritmo sinigual.

Por último, le pide a su hijo que le pase el cono, lo limpia, luego lo envuelve en un nylon negro, lo amarra con un wato y lo mete a su q'ipi muy despacio, ha terminado. Su hijo sube al auto su bulto y ella se sube también, pero antes, me observa, parece sorprendida; generalmente ella es la que se va última. Hace un gesto de despedida y cierra la puerta, yo la despacho con una sonrisa. 

Se fue Winturita, se alejó como yo me alejé aquella noche, contemplándola entre el vacío de la avenida que por las tardes es un río de autos y gente caminando; se alejó, quizá pensando ¿dónde estará esta Adela? Se fue mirándome, como si se mirara a ella misma, cada noche, cuando se está rodeada de basura plástica y aquellas piedras abandonadas que son parte de ese paisaje nocturno. Quizá porque ambas somos del mismo tamaño, se miró en mi rostro, en mi cuerpo, en la forma en la que estaba sentada justo como ella, en los cartones debajo de mis pies, en el nylon, en la manta a cuadros que me envolvía, en las bolsas de nylon negras al lado, en mis manos rajadas por el frío. Sus ojos se quedaron con los míos por un instante, pero el taxi se perdía en la neblina, como seguro me he perdido yo ante su vista mientras se alejaba. 

Ahora soy yo esa silueta que no se alcanza a detallar por la neblina, la que está sentada en el cemento, la que mira el cielo desde el suelo, la que está cubierta por una sombrilla de pinos, la que es observada con lástima por algunos transeuntes. Ahora me toca a mí ser la última, la última roca de la noche... bueno, hasta que llegue la Adela. 




















martes, 9 de abril de 2019

Daniel Averanga, "escritor desde 2006, insoportable desde que nació"


Peleador callejero, inspector de aves en la avenida 6 de Marzo, todólogo charlatán, jurado de concursos privados de lencería femenina y exprostituto heterosexual de mujeres de alcurnia (como se lee sobre él en algunos medios), Averanga también es escritor y uno de los referentes más importantes de la literatura nacional. 

Daniel Averanga Montiel, escritor alteño.
 Foto: Daniel Averanga Montiel- Facebook.

"Quya" Reyna Maribel Suñagua Copa
Estudiante de Comunicación- UMSA
El Alto, 9 de abril de 2019


Daniel Averanga es un escritor alteño que, como algunos, no nació en El Alto, pero se asentó ahí y creció como la ciudad misma.  Creció como sus calles de tierra, como sus casas de adobe, como sus tambos en Villa Dolores, junto con el viento helado que viene del Chacaltaya, junto con sus niños corriendo con awarcas y al lado de sus chiwiñas aglomerándose por la 16 de Julio. Nació en Oruro en 1982, pero es llevado a esta ciudad cuando apenas tenía 2 años. Es que uno no se hace alteño al nacer en El Alto, El Alto lo hace alteño a uno cuando se cría en sus pampas.  

Cuenta que su infancia culminó a los 8 años, pues este t’ili de un “puñetazo limpio” le había partido el rostro a su pequeño vecino. Resultado: 18 puntos en la ceja del “apuñeteado”, su padre pagando las deudas del hospital y el Danielito a la espera de un castigo... Pero ¿cómo se le puede violentar a un niño para enseñarle que la violencia es mala? ¡No pues! Así que su papá decidió “castigarle” haciéndolo leer el libro “Marianela” de Benito Pérez Galdos. Más de 150 páginas y en menos de tres días el Danielito ya estaba llorando a moco tendido la muerte de la protagonista: “ese día cambió mi vida, me he desvirgado literariamente”, acusó el Daniel.  

El colegio Guido Villagómez Loma de Ciudad Satélite fue escenario de sus diversas habilidades artísticas y de emprendedor. Desde niño el Averanga ya ganaba más que un lustrabotas (todo un zorro), ya que vendía historietas hechas por él a 3 bolivianos y generaba un ingreso semanal de 60 pesos: una pequeña fortuna, tratándose de los años 90’, en donde un pan costaba  20 centavos.  ¿Pero cuál era pues el interés de colegiales por comprarle a un niño unas fotocopias con dibujos? ¡Sus historias!: historias de maestros muertos, profesores padeciendo accidentes y  empalados “de culo a boca”, como aseveró Daniel. Quizás esta era la forma en que los niños escapaban, mediante las historietas de Averanga, a una quimera que puede no cumplirse como tal, pero que los hacía ausentarse por un ratito de una realidad escolar  “estricta y violenta”, en donde los violentados eran otros.

Daniel Averanga de niño ¡Ay, wawita!.
 Foto: Me la pasó el Daniel. 

“Necesitas un propósito en la vida y triunfarás o serás feliz” le dijo una maestra a este escritor- dibujante novato después de ver sus historietas
 que luego fueron censuradas en el colegio por los maestros. ¡Supongo que fue porque nadie quiere verse con las tripas hacia afuera en un dibujo! (¡Ay, qué sensibles!).

De un estudiante aplicado y retraído en secundaria, los puñetazos de Averanga se volvieron su oficio: boxeador desde el 99’, justo cuando sale del colegio y nuevamente esos puñetazos le trajeron problemas luego, pues le partieron la nariz a su instructor en el cuartel en el 2002 y este llukalla expulsado y de paso en Beni, solo solano,  ¡ni modo! diciendo: se quedó por Cachuela Esperanza a trabajar transportando castaña y por ahí también conoció a Bosé Yacú que era la última Pacahuara en conocer el idioma nativo de su etnia y que fue su amiga, así me ha contado el Daniel.

Llega a La Paz entre abrazos y besos después de que su familia lo había creído muerto,  y decide estudiar Ciencias de la Educación en la Universidad Mayor de San Andrés el 2003. ¿Y por qué? Pues esa Carrera formaba a sus estudiantes desde estadística hasta filosofía: una Carrera interdisciplinaria, todo lo contrario a una formación unilateral, lo único que le importaba a Daniel como estudiante. 

Daniel Averanga en su juventud (soy el que está pidiendo 2 cervezas, me aclaró).
Foto: Me la pasó el Daniel.

“Si preguntas, soy muy odiado en esa Carrera, no por todos, sólo por los docente mediocres”, explicó. ¡Palabras fuertes, palabras fuertes para un hombre extraño! Y así pues este “umseño” recuerda que se metió a un grupo llamado “AJAYU” en la universidad: un espacio en donde se degustaba del conocimiento a través de debates organizados por estudiantes de diferentes Carreras. “890 tesis asesoradas” me dice y yo medio incrédula, me quedo sorprendida. Es que en cuanto entró a la universidad el Averanga ya se dispuso a asesorar tesis y fueron varias como pueden notar, y todo eso debido a que este universitario ya conocía lo bastante como para dedicarse y vivir de ello.

¿Quién iba a dudar que entre historietas, puñetazos, expulsiones, tesis y más tesis, este joven ya iba formando su camino a la literatura? “Escritor desde 2006, insoportable desde que nació” dice la descripción de su perfil en Facebook. Y sí, no se discute ni lo del 2006, ni lo de insoportable. Averanga empieza desde ese año a cultivarse y producir literariamente y es en el 2008 cuando concluye un texto llamado “Donde no existe el dolor” que es pensado para ser un producto literario muy serio, pero que,  según él, no parece publicable, aunque igual estaría dispuesto a publicarlo en un futuro: “tendría que reescribirlo, pero me gusta”. ¿Y se puede encontrar en digital?,  le pregunté. “Está en mi cabeza y en mi casa, lo escribí a mano”, respondió.

Daniel Averanga junto a su hijo Santiago.
Foto: Daniel Averanga- Facebook.

Ya en el 2014 el Averanga  publica “El libro como prostituta y otros textos”,  que se encuentra sólo en versión digital en internet. La portada lleva un dibujo realizado por él mismo. Noves que era historietista de pequeño, pues he ahí sus dotes artísticos.  

Domingo Ramírez, a quien inmortalizó el Daniel en un cuento “Domingo odiaba los lunes”, fue el bisabuelo de este escritor. El cuento ganó una mención en el Concurso Nacional de Literatura “Franz Tamayo” de La Paz. Asimismo los cuentos  “El aburrimiento del Chambi”,  “La Paz era una fiesta” y “El frente tricolor” fueron reconocidos con mención casi consecutivamente en el mismo concurso los años 2010, 2012, 2013 y 2014.

Coeditó tres antologías de cuento de terror y fantasía: en el 2011 “Gritos demenciales”, “Nuevos gritos demenciales” en 2013 y “Vértigos” en el mismo año. También participó en el certamen de microcuento “Somos Bolivia” en el 2011 con su cuento “Ulises Revisited”, el cual llegó a ser finalista.

El 2015 recibe Mención de honor con su libro "Sendero de Ceniza" en la primera versión del Consurso No Municipal de Escritura de El Alto. El texto se encuentra en versión digital en internet para su descarga gratuita. "Básicamente es la historia que se desarrolla en una carretera en la gran mayoría de la trama, desde El Alto hasta Beni y esta especie de apariciones o entes que se generan por parte de la protanogista", dijo Alexis Argüello, librero y editor en Sobras Selectas, editorial.

Le interesa: Daniel Averanga, "La Puerta"- ATB

“La Puerta”, sin duda alguna, fue el libro más proclamado y mencionado en la trayectoria de Averanga. Esta novela de terror ganó el “Premio Plurinacional de Novela Marcelo Quiroga Santa Cruz” en el 2015. El libro fue resultado de 7 años de trabajo, basándose en “pan y cigarro como almuerzo”, dice el Averanga en una entrevista. De todas formas el libro "Emma y los cuadernos de investigación" no queda atrás, fue publicado en el 2018 y personalmente, me ha atrapado la narrativa, bien nomás está. 


“Durante toda esta novela (La Puerta) Daniel nos deja en medio de la batalla, teniendo que ponerle un nombre y una imagen al miedo que están sintiendo los personajes. Pero va más allá: eso que aterra es también el resultado de una lucha cotidiana frente al mal” Cecilia de Marchi Moyano, escritora y columnista. 

El 2016 nuevamente recibe una mención con su novela “Luz de Luna” en el X Premio de Cuento Adela Zamudio. Ese año también presentó “Doble filo”, una antología de cuentos Iberoamericanos de terror con escritores de 11 países y el año pasado el Averanga junto con la Diana Cabrera, ilustradora, ganaron el Concurso Municipal de Historieta (Cómic) con su obra “Ser digno”, que se basó en un cuento escrito por él en el 2008.

Fue parte de 15 antologías, mencionó. Entre ellas se encuentra “Bolivia” de Homero Carvalho y “Letras Orureñas, autores y antología” compilada por Carlos Condarco, Benjamín Chávez y Martín Zelaya. El 2018 realizó una selección de cuentos de terror de varios autores y que fue publicado con el título "Sepulcros Abiertos". Ese mismo año fue parte del libro "No me jodas,no te jodo. Crónicas escritas por y para El Alto", selección realizada por Alexis Argüello. 

Este año el Daniel fue nombrado como finalista en el Certamen de cuento del Premio “Eduardo Abaroa” con “Hasta que nos volvamos Noche”. Ha escrito varios artículos en sitios web como “Inmediaciones”, “Preámbulo Rojo”, "Ecdótica" y “Eclipse Rojo”, ah... y tiene un libro en Wattpad: “Cuentos. Relatos y narrativas- Mitigar el dolor", lindo, lindo. 

Le interesa: http://www.ecdotica.com/ 

Pero además de peleador callejero, inspector de aves en la avenida 6 de Marzo, todólogo charlatán, jurado de concursos privados de lencería femenina, exprostituto heterosexual de mujeres de alcurnia y escritor, el Averanga no ha perdido sus aptitudes de dibujante. En su cuenta de Facebook puedes encontrar sus dibujos e ilustraciones realizadas no en Photoshop o Ilustrator. Este chango ha reinventado la ilustración a partir de Paint. Retratos muy bien hechos como las de Andrea Monky, Manuel Vargas y Claudio Ferrufino son muestra de que el Averanga es todo un “antisistema”. De hecho, el año pasado hizo una ilustración en apoyo a Rilda Paco cuando ella  dibujó a la Virgen del Socavón en tanga. Uno de sus proyectos futuros es el de realizar una historieta con sus propias creaciones gráficas.

Dibujo realizado en Paint por Daniel Averanga
en apoyo a Rilda Paco.
“Estoy demostrando que una plataforma o un instrumento tan básico como el Paint  puede servir para cualquier cosa, incluso para ridiculizarte”, respondió Averanga cuando le pregunté si sus famosos memes también fueron hechos por este medio. Es que este “memeador” también ha inventado un universo paralelo: “El Averangaverso”, en donde puedes ver a “Steven” King con el Averanga en una foto usando chompas del mismo color, héroes como Aquaman contextualizados al ámbito boliviano como “Agüitaman (sin mar)” o simplemente ver a “Daniel Pepinillo” rehusándose a ir al terapeuta.

“¿Por qué eres tan polémico? ¿Te gusta ser insoportable?”, le pregunté y a lo cual me respondió: “Me excita ser insoportable”. A éste no le da miedo decir que el Álvaro García Linera es un vendehúmos, que Vadik Barrón es un inútil, que Paola Senseve es una activista patética, que Carlos Mesa es un escritor pésimo en la literatura, que “Supernova” (grupo de escritores cochalos) debería llamarse “Superbolas” o el hecho de que Antagónica Furry diga que el collage es arte, le parece patético. Adversario de feministas, marxistas y hasta de borrachos, el Averanga no se intimida, le mete nomás. 

"Es interesante quizá, como al parecer y durante este tiempo, esta especie de crearse ese álter ego que muestra Daniel en redes sociales de ser malo, crítico, vulgar, machista y además vanagloriarse de aquello, le ha bajo unos cuantos'desibeles' a eso, bastantes diría yo.  Y considero: el escritor tiene ideas formadas, pero para mí un escritor es como Groucho Marx con:'tengo estos principios, si no le gustan tengo otros' y esto tiene que ver con ver más allá, tener mucha curiosidad, cuestionarse cosas en determinado momento" Alexis Argüello, librero y editor en Sobras Selectas, editorial.  

Si no movemos el cerebro de la gente de alguna manera, ellos van a ser falsos contigo. Tienes que provocarle y me apelo a la pedagogía del enfrentamiento. Hay gente que reacciona mal, bien o no reacciona, pero que aprende. Yo no soy superior a los demás pero sí me gustaría conocer a la gente y sólo se puede conocer bien a la gente cuando tiene miedo o está furiosa”. (Gracias por querer conocernos así,  Averanga). ¿Pero será importante para Daniel  lo que opinan de él?: “Son opiniones y las opiniones son como el culo, todos tienen uno. Al final unos son más atractivos que otros”. Admirada quedé, no había encontrado tanta filosofía en una frase.


Daniel Averanga en uno de los memes que realiza con Paint. 

Y en el charle, mientras el Daniel se come un silpanchito poniéndose harta llawja y yo me tomo un jugo de durazno, de esos que te maman poniéndole yupi, él habló de sus hijos, de Alejandro y del Santiago (a quien cargó en awayo de pequeño), de sus antiguos trabajos como el de vendedor de chocolates en la entrada de la 16 de Julio; de sus divorcios, de sus amores, de sus tristezas, de la soledad incluso, de la depresión que ha sobrellevado y que aún carga, de la Ruth, de su ex ñata de Irpavi, de la Bosé Yacú y de El Alto: “El Alto no sólo son las cholitas cachasqueñistas, no son maleantes y payasos. Es una Torre de Babel. Paseá a las 7 de la noche por la Ceja y vas a ver mil y un historias que pueden ser contadas de manera extraordinaria, solamente hay que ver. No sólo las historias salen de haciendas o de terrenos en Calacoto. La literatura no es como la ciencia, puede ir más allá de la ciencia. Aterriza en lugares donde no aterriza la Antropología o la Sociología, porque sus cultores son mujercitas de la zona sur como la Cecilia Lanza: sólo van a ver las cholitas cachasqueñistas, porque nos piensan como payasos y no es así. El Alto es importante porque nosotros somos seres humanos”.

"Lo más importante de Daniel es su espíritu popular. No es nada elitista, ni consumista. A él tranquilamente lo puedes ver comiendo un ají de fideo o salchipapa por ahí o paseando por la Ceja de El Alto, porque son ambientes que a él le gustan y se siente bien. Además, él conoce la noche profunda de El Alto y tranquilamente podría describirnos ese mundo" Gónzalo Llanos, escritor y "amigo de feria" de Averanga. 

En toda la entrevista he querido preguntarle a Daniel Averanga ¿por qué escribe? Pero luego pensé que quizá no era necesario, que la causa saldría de la boca de este escritor como salen sus groserías. "No hay que forzar, solito va a salir", pensé… y así fue. Al principio mencionó que lo había hecho por necesidad, porque necesitaba comer y ya. Pero cuando hablamos del lugar que lo vio crecer: El Alto, noté mucho más ímpetu al momento de expresarse y creo que ahí se entreabrió quizás una herida, quizás un recuerdo trascendental, quizás alguna experiencia "antihigiénica": “Por eso escribo, para demostrar que una persona de El Alto puede escribir y publicar en cualquier editorial”.

Sus lágrimas se tiñeron de letras al caer en  las hojas amarillas que guardaban a Marianela, su primer amor ficticio. Aunque ella murió adornada entre versos, engalanada en prosa… murió por el más triste golpe, que de todas formas, la inmortalizó en un libro: el desamor. Desamor que entendió el pequeño Daniel al “leerla” morir. Pero lo que no entendía es cómo sus lágrimas pudieron más que su razón y se abalanzaron por sus mejillas morenas, mejillas de un niño de 8 años que desnudó su imaginación ante lo irreal, para transformarlo en un canal que usaría luego para sacar al verdadero sujeto que llevaba dentro y que aún lleva.


Daniel Averanga, ganador del "Premio Plurinacional de Novela Marcelo
Quiroga Santa Cruz", con su novela "La Puerta".
Foto: Daniel Averanga- Facebook.

Si quieres oír la entrevista completa, puedes hacerlo aquí: https://youtu.be/f5wLY-Ja3gE










miércoles, 20 de marzo de 2019

“Los Hornitos” de El Alto, del barro a la fama, de la fama al olvido

Son 12 establecimientos en donde se comercializa comida al horno. Su popularidad se generó debido a la novedad gastronómica 



Uno de los negocios en "Los Hornitos".
Foto: Reyna Maribel Suñagua Copa (Quya).

Reyna Maribel Suñagua Copa (Quya)
Estudiante de Comunicación Social- UMSA
20 de marzo de 2019

Son las 5 a.m. en la zona San Luis de El Alto. El frío amanecer cerca de la carretera a Viacha se entibia por el humo de la leña quemada que sale de más de una decena de hornos de barro, en donde se asarán carnes, papas, postres, ocas y camotes. Por eso, hombres con las botas en los pies y la pala en la mano realizan la mezcla del barro que sellará la puerta del fogón por una hora con los productos dentro. La cholita mide la temperatura acercando un poco la mano a las llamas y ¡listo!: 6 latas llenas de carne y tubérculos ingresan. El viento azota la mañana y los transeuntes se tapan el rostro; el humo baila en medio de los "maestros" del horno y se abraza de ellos, tiñendo su ropa de cenizas y negro.  

"Los Hornitos”, lugar denominado así debido a la considerable cantidad de negocios de comida asada en hornos ahí situados, se encuentra en la zona San Luis, entre la Carretera a Viacha y la avenida Litoral de la urbe alteña. Se creó hace aproximadamente 17 años por tres personas: doña Cecilia Choque, doña Lucía y don Hugo. En primer lugar se encontraban 2 puestos de pollo y lechón al horno. En la actualidad hay alrededor de 12 establecimientos que ofrecen desde cordero hasta llama al horno.

Fue una mañana de domingo en el 2006. Tenía 12 años y mi hermana 15. Ambas trabajábamos como chalequeras (personas que cobraban por realizar llamadas por minuto a otros móviles  se caracterizaban por llevar un chaleco verde fosforescente) en la zona San Luis. Tenía 5 bolivianitos que me había regalado mi madrina y sin pensarlo mucho, decidimos ir a uno de los hornitos, en donde el pollo al horno estaba a ese precio. Nos fuimos al puesto de doña Cecilia, quien te yapaba con chuletita de cerdo y que junto a don Félix, su esposo, eran los más conocidos del lugar.

Han pasado 12 años y me encuentro con doña Cecilia nuevamente. Ella ya no es parte de “Los Hornitos”, pero tiene su propio negocio de comida al horno casi frente a la feria de San Luis, en la avenida Litoral. Compartiendo recuerdos y un juguito de manzana hervido, me cuenta cómo es que se generó este espacio tan famoso en la ciudad de El Alto: “Mi paisano, Julián, me dijo que iba a abrir un horno al lado de mi tienda de abarrotes y le dije que me lo guarde un plato. Cuando espero una hora, no me lo trae. Sigo esperando y veo que ya lo habían acabado. Esa época era novedad ese plato. De doña Lucy era su “lechonería”. Después mi abarrote en horno le he convertido y de un año hartos han venido (a realizar el mismo negocio) y la cuadra estaba llena de hornos. Teníamos que trabajar todo el día: en el día vendíamos y en la noche preparábamos”.


Doña Cecilia Choque junto a su horno, en su negocio,
frente a la feria de San Luis. Foto: Reyna Suñagua (Quya)


"En sábado y domingo horneábamos al día 7 veces y entre semana 3 veces. Cada lata tenía 30 presas para cada plato”, aseguró doña Cecilia. Es decir, que cada fin de semana vendían alrededor de 400 platos. En la actualidad solamente  “se hornea 3 o 4 veces en fines de semana”, dijo Mónica, una de las ayudantes de otro establecimiento en "Los Hornitos".

Septiembre de 2006: músicos tocando folclore por algunas monedas, chicha y cumbia boliviana a todo volumen, comerciantes ambulantes, familias enteras ocupando dos mesas, recién casados, extranjeros, autos parqueados en la jardinera, cholitas y jóvenes atrayendo clientes, los perros amontonándose entre las mesas y las sillas por un poco de comida y filas de personas con fichas en mano eran las particularidades que se observaba en el escenario habitual de los domingos y sábados en “Los Hornitos”. Actualmente, si bien sigue habiendo gente que consume estos platos, la concurrencia ha disminuido.

"Ya no es como antes, la gente ya se ha aburrido de este plato”, aseguró doña Alicia, una de las personas más antiguas en este negocio. “Creo que hay en Ventilla chicharrones, por eso la gente va allá, pero una vez que inicien la avenida de doble vía, quizá ya no haya estos hornitos”, mencionó Sandra, una de las ayudantes de uno de los hornitos. “Antes hacían filas para comer, ahora ya no, porque cada uno tiene sus gustos para comer, incluso ya han abierto ‘pollos broster’ y la gente va más ahí” dijo don Teófilo, dueño de uno de los establecimientos. “Hay más competencia, en Ventilla, por ejemplo, han abierto otros hornitos y restaurantes de todo tipo”, manifestó Luz, vendedora ambulante y “casera fiel” de este lugar. "Antes hacían filas por un plato", dijo doña Cecilia con nostalgia. 


Lechón al horno, uno de los platos tradicionales
de "Los Hornitos"- Foto: Internet.


Doña Cecilia y doña Lucía, fundadoras de este lugar, ya no son parte de “Los Hornitos”. Ambas mencionaron que los alquileres en las tiendas donde se encuentran los hornos actualmente son bastante elevados. Doña Lucía mencionó que se cobra en dólares: “anda preguntale a los dueños cuánto cobran, es en dólares”. Algo similar manifestó doña Cecilia: “cuando yo estaba hace 7 años nos cobraban 1800 dólares, pero era cuando se vendía más. Ahora ya no sé”.

Una nota en ATB acerca de este sitio explicó que los productos que son parte de este plato son de la provincia José Manuel Pando, de donde pertenecen los dueños de estos negocios. Papas, postre, camote y oca (todo al horno), ensalada de lechuga en abundancia y una presa de cordero, llama, pollo o cerdo son los que componen este plato, pero la llajwa y algunos aderezos tampoco faltan, como también una sopita sencilla para acompañar.


Los precios son variados y dependiendo del tipo de carne. El pollo al horno está a Bs 20, mientras que el lechón, llama y cordero al horno se encuentran al rededor de Bs 25 y Bs 30. Hay para llevar y consumir en el mismo lugar con yapita más ¡Pase casero!

Marzo de 2019: aún se ve a la señora que ambulaba vendiendo cereales en “Los Hornitos” a 3 bolivianos cuando era niña. Sigue habiendo madera y leña amontonada al lado de las mesas donde se sirven los platos. Todavía se puede sentir el abrazo del calor cuando se atiza en el horno. Siguen ahí los techos de calamina oxidadas por el tiempo. Se puede saborear en el aire el juguito del pollo recién asado. Doña Alicia no ha cambiado, sigue mirando con el rostro apagado la inmensa avenida en donde ha pasado la mitad de su vida. Siguen siendo las cholitas las más solicitadas para ayudantes o meseras y sigue siendo “Los Hornitos” el lugar de familias, recién casados, músicos y perros, solo que "ya no como antes".

Si quieres escuchar la entrevista, puedes hacerlo aquí: RUTINAS DE CAMALEÓN- "LOS HORNITOS"




miércoles, 6 de marzo de 2019

La Cueva de Cuentacuentos, donde habita la palabra de aquellos que narran historias


En este espacio no sólo se transmiten las historias, sino que este lugar es la historia misma del encuentro cultural de narradores bolivianos y extranjeros

La Cueva de Cuentacuentos. 
Foto: Reyna Suñagua (Quya)
Reyna Maribel Suñagua Copa (Quya)
Estudiante de Comunicación- UMSA
La Paz, 6 de marzo de 2019
 
La Cueva de Cuentacuentos tiene más de 8 años siendo el refugio de historias de cuentacuentos bolivianos y extranjeros. Martín Céspedes (Tincho), narrador oral, coordinador y uno de los fundadores de este espacio, se encarga, junto con 5 narradores más, de llevar adelante este proyecto, que en un inicio se creó por la necesidad de “contar con un espacio propio”.

“La Cueva de Cuentacuentos, esta habitación, es un espacio relativamente pequeño, no tiene más de 28 a 30 metros cuadrados. Es la única habitación que sobrevive de mi casa antigua. Data del siglo XX y pertenecía a mi abuela ya fallecida, que dicen que se suele aparecer. Pero es un espacio que no queremos hacerla desaparecer. Porque queremos que siga manteniendo ese espacio íntimo, donde contar cuentos sea de tú a tú”, expresó Tincho.

Un cuarto de adobe, de los que hay pocos, tiene en sus paredes una cantidad incontable de posters de eventos de cuentacuentos y teatro de distintos países y también de Bolivia. Del techo cuelgan “atrapa sueños” coloridos, se ve un charango diminuto, diversas artesanías, máscaras y algunas botellas de vino por esta habitación que, según Martín, era donde vivía su abuela Berna, quien falleció hace mucho, pero que él inmortalizó en uno de los cuentos que ha cargado en su “q’ipi” recorriendo gran parte de Bolivia y Latinoamérica.

“… Así son los cuentos:
sólo se transforman en el aire,
sólo palpitan en el aliento
de ese prestigiador que es
el Cuentacuentos”
                               Jorge Díaz

Martín Céspedes, Coordinador de La Cueva de Cuentacuentos
 Foto: Reyna Suñagua ((Quya)

¿Cómo se vive el encuentro cultural de la narración oral en La Paz, Bolivia? 

La Cueva de Cuentacuentos no sólo es el espacio que abre sus puertas a narradores eventualmente. También es el lugar en donde cada año se reúnen cuentacuentos bolivianos y extranjeros en el Festival “Apthapi de Cuentacuentos” que se ha realizado desde hace 14 años y que  es una iniciativa  de Martín Céspedes: “El Festival busca ir más allá del espectáculo y tenemos narradores de Bolivia, Latinoamérica y Europa y siempre llega con la inquietud de conocer nuestro país. Somos uno de los pocos festivales que llega a más macrodistritos de La Paz, incluso a Hampaturi, en donde se hace cuento, un apthapi de comida, baile y música. Es un encuentro muy íntimo con los narradores y la comunidad”.

Sólo el año pasado, la Cueva de Cuentacuentos ha realizado 39 funciones, entre narración oral, teatro, etc. Dieciocho funciones han sido de narradores extranjeros y se ha desarrollado un taller por mes; es decir: 12 talleres en el 2018. Además, se realizaron jornadas de trueque y juegos de mesa, que son algunos de los tantos eventos que este espacio alberga.  El "Aru Thaki", taller de narración oral, también se desenvuelve en este espacio y busca generar nuevos cuentacuentos en La Paz y Bolivia. Además, éste ha sido espacio también de funciones de cuentos interpretados en lengua de señas, una importante iniciativa. 

“La narración oral me permite,
a partir de los cuentos, 
decir lo que pienso de 
forma muy personal (…) y crea 
este maravilloso arte de escuchar”
                                                                                  Martín Céspedes

“En Bolivia la narración oral no tiene más de 25 años y se ha posicionado bastante bien, ya que  ha generado un alto impacto en la gente debido a la invasión tecnológica, el farandulismo y el show mediático que nos rodea y por eso crea una necesidad en la gente. Ya que cuando estás escuchando a un tipo o una tipa en el escenario con una ropa 'cuasinormal', sin ninguna parafernalia más por detrás (contando cuentos) se crea una búrbuja mágica y de repente escuchas la voz de tu abuelo, abuela, de tu maestra o de alguien muy especial que te contaba cuentos y eso es mágico”, agregó por ultimo Martín.


La Cueva de Cuentacuentos se encuentra ubicada en la zona de Miraflores, en la esquina entre calle Levi y la Av. Illimani (a la vuelta del SEDUCA). Los encuentras en Facebook como “La Cueva de Cuentacuentos” en donde publican todos sus eventos y funciones. Y si deseas asistir a uno, no te olvides pedir una “Marrapizza” (pizza en marraqueta) y un “Lingani” (linaza con singani), que son especialidades de este espacio cultural. 


Veáse también: Facebook: La Cueva de Cuentacuentos


Si deseas ver la entrevista, ingresa a este link o vela directamente  aquí (si lo ves por celular, usa unos audífonos, debido a unos problemas en el audio):

 YOUTUBE:Rutinas de Camaleón- Entrevista a Martín Céspedes